Escuchamos y convivimos a diario con frases de tinte exigente, en las cuales su encabezado inicia con un
“debo de” o “tengo que” hacia nosotros mismos y hacia los demás. La lista es extensa, pero algunas de las
más comunes son: “no debería de equivocarme”, “tendría que estar haciendo más cosas”, “debería haber
empezado actividad física”, “tengo que ser una buena pareja”, “debería confiar totalmente en mí mismo”,
“tendría que conocer, entender y preverlo todo”, “debería ser capaz de encontrar una solución rápida a
cualquier problema” y “mis emociones deberían de ser constantes”.

La psicóloga y psicoanalista Karen Horney, en 1885 acuñó el término de “la tiranía de los debería” para
referirse a este tipo de frases. Años más tarde, Albert Ellis como creador de la Terapia Racional Emotiva
(TRE), la resignifica y comienza a estudiar sobre estos mandatos perfeccionistas y sus consecuencias, desde
un enfoque cognitivo conductual.

Ellis afirmaba que tanto la supervivencia como el constructo de la felicidad, son de gran valía para muchas
personas y acercarse a estos valores, permite que se intensifiquen apreciablemente, si se posee un
pensamiento flexible y abierto a modificarse (Sánchez y Sánchez, 2002). Para este autor, dichos valores se
traducen en metas y objetivos de vida a perseguir tales como:

– Permanecer vivos, en movimiento y disfrutar,
– complacerse de la vida tanto en solitario como en colectividad,
– mantener relaciones de intimidad con determinadas personas,
– hallar un sentido a la vida a través de la educación y la experiencia,
– inventar y llevar a cabo objetivos que persigan una vocación,
– disfrutar del ocio y del juego (Ellis y Grieger, 1990).

Sin embargo, Ellis y Custodio (1999), exponían que con frecuencia las personas al perseguir estas metas de
vida se encuentran con dos formas de interpretar ciertos acontecimientos y, por ende, dos caminos para
actuar y sentir en consecuencia: a través de creencias llamadas “racionales” (pensamientos que ayudan a
conseguir metas e intereses personales, son propensos al cambio y flexibles); o a través de creencias
irracionales (pensamientos exigentes, dogmáticos y absolutistas que se asumen como ciertos sin
cuestionarlos).

Hablamos de exigencias absolutistas para definir aquellas acciones, en las cuales las personas convierten sus
preferencias individuales y sociales, en exigencias dogmáticas e irracionales respecto a sí mismas, los demás
y el mundo que les rodea. Esto implica tener una visión de mundo en términos de obligación como “debo”,
“debería” o “tengo que”, en lugar de hacerlo en términos preferenciales como “me gustaría”, “no me
gustaría”, “desearía”, etc.

Veamos más de cerca, estos pensamientos. Ellis (1980), agrupaba tres tipos de creencias globales
irracionales, bajo exigencias absolutistas:

– Referente a la meta de Aprobación/Afecto: “Tengo que conseguir el afecto o aprobación de las
personas importantes para mí”.
– Referente a la meta de Éxito/Competencia o Habilidad personal: “Tengo que ser competente (o tener
mucho éxito), no cometer errores y conseguir mis objetivos”.
– Referente a la meta de Bienestar: “Tengo que conseguir fácilmente lo que deseo (bienes materiales,
emocionales o sociales) y no sufrir por ello”.

En la actualidad, se observa con predominancia la creencia que ampara el sinónimo de éxito con
competencia y en donde el resultado es el error, si no se cumple esta regla. Y en este punto, considero
pertinente realizar una salvedad sobre la concepción que poseemos del “errar”. El riesgo a fracasar e incluso
a equivocarse, forma parte de nuestro proceso de crecimiento. El error, es una de las experiencias más útiles
para el ser humano, ya que, en gran medida, aprendemos de los mismos. Desde este punto de vista, cada
error que cometemos puede ser una oportunidad para aprender, conocernos y mejorar un poco más. Y así,
errar nos ayuda a descubrir que podemos aceptarnos a nosotros mismos, aún cuando cometemos errores. Y
cuando nos equivocamos, ¿ese error nos define como personas? No atreverse a experimentar dolor, sufrir
pérdidas o sentir decepción nos aleja de la posibilidad de sentir gozo, tener encuentros significativos y vivir
momentos de plena realización.

El inconveniente de los pensamientos “debería/tendría” es que paralizan a las personas ante sus metas
valiosas y retos, ocasionando niveles elevados de frustración si no se alcanzan, en vez de impulsarlos hacia
ellos; ya que funcionan como dogmas extremistas basados en el perfeccionismo. Si pienso que “todo lo
debo hacer perfecto porque si no fracasaré”, estoy renunciando al derecho a fallar y si esto sucede, se
vivencia de forma intolerable.

La TRE afirma que, en el momento en que nuestros deseos y preferencias se transforman en necesidades
absolutistas y deberizantes, en órdenes e insistencias, estamos interfiriendo en la consecución de nuestros
deseos y dirigiéndonos en contra de nuestros valores y metas. Eso no quiere decir que el pensamiento
absolutista siempre produzca infelicidad, puesto que a veces motiva a la gente a adquirir metas que de otra
forma no se conseguirían. No obstante, en general, un estilo de pensamiento absolutista lleva a
experimentar emociones no saludables (Gimeno y Gascó, 1987).

Desde la TRE, se trabaja para que las personas puedan observar el impacto que poseen las interpretaciones
que realizan de los acontecimientos, en sus emociones y, en consecuencia, en sus acciones. Es de vital
importancia, conocer cuáles son los “deberías” internos y de qué forma inciden en nuestro accionar.
Algunas preguntas son de utilidad, para percatarse acerca de los mismos:

– ¿Cuáles son mis deberías internos? ¿Cuáles son las ventajas y desventajas de poseer estos
pensamientos?
– ¿Quién estableció esta regla?
– ¿Existe una expectativa más razonable? ¿Podría transformar esta regla en una preferencia?

Muchas veces, el costo de sostener esta filosofía de la obligación, para nuestra salud mental, es alto. Si
prestamos atención, no sólo son rígidos y absolutistas, sino que además son extremistas y no realistas. Si
pensamos juntos en el “debo tener mucho éxito”, resulta curioso preguntarnos y reflexionar ¿realmente
existe alguien así? Y de serlo ¿qué significa ser siempre exitoso?, ¿el éxito es una variable generalizable para
todos? y ¿deberías o te gustaría/preferirías?

Ellis (1980), en sus escritos enunciaba que gran parte de la historia de la civilización occidental, ha estado
motivada por la creencia de que los seres humanos son valiosos sólo cuando tienen éxitos, logros y siendo
extrínsecamente competentes, y que son incapaces cuando sus posibilidades son pocas o sobre todo cuando
no desarrollan todo el potencial industrial, estético, intelectual o de cualquier otro tipo, que se espera que
posean. Y en relación a ello, expresaba que sería más saludable tener en cuenta la valía individual de cada
persona, relacionada con el ser y el llegar a ser de uno (es decir, llegar a ser lo que uno piensa o imagina que
le gustaría) más que con ideas externas y arbitrarias globales (mandatos culturales), que correspondemos
sin pensarlo y que, como resultado, nos aleja de nosotros mismos.

Desde este encuadre psicoterapéutico, el objetivo es poner a prueba reglas y creencias internas, que son
producto de nuestra historia de aprendizaje, desarrollo personal y mandatos culturales. Y de esta manera,
visualizar si podemos repensarlas, generando creencias más racionales, que nos acerquen a nuestros valores
y metas de vida. Una evaluación realista y no absolutista de los acontecimientos, conducen a pensar de
manera alternativa y, por ende, producen una mejoría en el estado de ánimo y en el comportamiento de las
personas.

BIBLIOGRAFIA CONSULTADA
– Ellis, A. (1980). Razón y emoción en psicoterapia. Desclée de Brouwer.
– Ellis, A., & Custodio, I. (1999). Una terapia breve más profunda y duradera: enfoque teórico de la
terapia racional emotivo-conductual.
– Ellis, A., & Grieger, R. (1990). Manual de terapia racional-emotiva, Vol. 2. Bilbao: Editorial Desclée.
– Gimeno, C. P., & Gascó, J. S. (1987). La terapia racional-emotiva (RET). INFORMACION PSICOLOGICA,
(30), 39-45.
– Sánchez, J. J. R., & Sánchez, J. J. C. (2002). Manual de psicoterapia cognitiva. R & C Editores.