Los trastornos de ansiedad son uno de los problemas que con más frecuencia se presentan en la práctica psiquiátrica. En Argentina, los trastornos de ansiedad son el tipo de trastorno más prevalente (16.4%) (Cía, 2018). Esto además de significar un alto costo en salud pública, subrendimiento académico y laboral, son factores capaces de generar un alto nivel de sufrimiento personal, problemas en el funcionamiento familiar, en la pareja y en las relaciones interpersonales. Librados a su evolución, sin tratamiento, los trastornos de ansiedad pueden convertirse en condiciones crónicas.

La ansiedad puede definirse como una anticipación involuntaria de temores, daños o desgracias que aún no han tenido lugar y que quizá nunca sucedan, acompañada de un sentimiento de disforia (desagradable) y/o de síntomas somáticos de tensión. El objetivo del daño anticipado puede ser interno o externo. Es una señal de alerta que advierte sobre un peligro inminente y permite a la persona que adopte las medidas necesarias para enfrentarse a una amenaza. Es importante entender la ansiedad como una sensación o un estado emocional normal ante determinadas situaciones, y que constituye una respuesta habitual a diferentes situaciones cotidianas estresantes. Así, cierto grado de ansiedad es incluso deseable para el manejo normal de las exigencias del día a día. Tan sólo cuando sobrepasa cierta intensidad, o supera la capacidad adaptativa de la persona, es cuando la ansiedad se convierte en patológica, provocando un malestar significativo con síntomas que afectan tanto al plano físico, como al psicológico y conductual.

Resulta lógico esforzarse para que estas vivencias no placenteras desaparezcan o disminuyan, pero cuando se juzga ciertos estados emocionales como malos, muchas veces las acciones dirigidas a evitarlos pueden llegar a tener resultados contraproducentes. Estas estrategias se vuelven infructíferas e incluso pueden causar mayor malestar cuando la vida se reduce a intentar no experimentar tales vivencias.

En los últimos años han cobrado notoriedad las llamadas terapias de tercera generación (o de tercera ola), entre las que destaca la Terapia de Aceptación y Compromiso (Acceptance and Commitment Therapy, ACT). Uno de los supuestos de esta terapia es que el dolor es parte indesligable de la vida, y que los esfuerzos continuos por evitarlo llevan al resultado paradójico de extenderlo, fenómeno que se conoce como evitación experiencial o vivencial (Hayes, Strosahl & Wilson, 2014). Así, la Evitación Experiencial (EE) es un fenómeno que ocurre cuando una persona no está dispuesta a ponerse en contacto con experiencias privadas particulares (sensaciones, emociones, pensamientos, recuerdos) e intenta cambiar la forma o la frecuencia de esos eventos y el contexto o condiciones que las generan. Aunque este patrón comportamental pueda resultar aparentemente efectivo a corto plazo (dado que consigue reducir o eliminar temporalmente el malestar y, por tanto, da la razón y potencia la estrategia perseguida), si se convierte en crónico llega a producir una limitación en la vida personal (Hayes 1996; Luciano & Hayes, 2001). El problema es que se genera como “valor” prioritario la necesidad de eliminar signos de malestar, de sentirse bien de inmediato, como un paso previo para embarcarse en acciones valiosas.

Según ACT, una característica en común de los trastornos de ansiedad es la evitación experiencial, donde el paciente ansioso tiende a evitar aquellas acciones o situaciones que supone que le pueden producir o aumentar su ansiedad. Por ejemplo, en la fobia específica, se produce un temor persistente, excesivo o irracional, desencadenado por la presencia o anticipación de un objeto o situaciones específicas (volar, precipicios, animales, administración de inyecciones, visión de sangre, etc.). La exposición al estímulo fóbico provoca casi invariablemente una respuesta inmediata de ansiedad. La persona si bien reconoce que este miedo es excesivo o irracional, trata de evitar la situación fóbica. Estos comportamientos de evitación, la anticipación ansiosa, o el malestar provocados por las situaciones temidas, interfieren con la rutina normal de la persona, con las relaciones laborales o sociales.

La Terapia de Aceptación y Compromiso pertenece a las llamadas terapias basadas en la evidencia. Teniendo esto en mente, se procedió a intentar corroborar empíricamente las afirmaciones que dicha terapia realiza respecto a la relación existente entre los trastornos de ansiedad y la evitación experiencial. Para ello, se utilizaron herramientas que permiten estimar los niveles de ansiedad (Inventario de Ansiedad de Beck, BAI) y también de evitación experiencial (Cuestionario de Acción y Aceptación – II, AAQ-II) de una persona.

 

Figura 1 – a) Nivel de ansiedad promedio del grupo clínico y del grupo no clínico, medidos por medio del Inventario de Ansiedad de Beck. b) Nivel promedio de evitación experiencial del grupo clínico y del grupo no clínico, medidos con el Cuestionario de Aceptación y Acción II (AAQ-II).

Se les suministró ambos cuestionarios a un grupo de personas que estaban en tratamiento por trastorno de ansiedad (grupo clínico), y también a un grupo de personas que no estaban en tratamiento (grupo no clínico). Como era de esperarse, el grupo clínico presentó un nivel promedio de ansiedad mayor al del grupo no clínico (Figura 1a), dado que dichas personas acudían a terapia por problemas de ansiedad. En concordancia con lo que propone ACT, el grupo clínico también presentó un nivel de evitación experiencial mayor, ver Figura 1b. Esto puede verse más claramente en la Figura 2, donde cada punto corresponde a una persona que participó en el estudio. En dicha figura, puede observarse que efectivamente hay una tendencia en la que personas con un nivel mayor de ansiedad presentan también un nivel mayor de evitación experiencial, y viceversa.

Figura 2 – Gráfico de dispersión de Evitación Experiencial vs. Ansiedad. Cada punto en gráfico representa a un participante, donde sus coordenadas están dadas según su puntaje en los cuestionarios AAQ-II y BAI, según corresponda. La línea segmentada marca la tendencia lineal que ajusta los datos.

Cuando la evitación experiencial se convierte en una barrera para una vida efectiva basada en valores, ACT propone la adopción voluntaria de una postura intencionadamente abierta a nuestras experiencias internas (pensamientos, imágenes, recuerdos, sentimientos, emociones, impulsos, sensaciones) permitiéndoles ser como son, sin importar si son placenteras o dolorosas. ACT aboga por abrirnos y hacerles espacio, abandonar la lucha con ellas y permitirles ir y venir libremente, en su momento oportuno, al mismo tiempo que tomamos medidas guiadas por nuestros valores. El objetivo primordial de la terapia de aceptación y compromiso es, pues, romper la rigidez del patrón de evitación destructivo.

Bibliografía

Argento, C. P. (2019). “Relación entre evitación experiencial y ansiedad en sujetos adultos de 20 a 65 años de la ciudad de Rosario”. Universidad Abierta Interamericana.

Cía, A.H., Stagnaro, J.C., Aguilar Gaxiola, S. et al. (2018). Soc Psychiatry Psychiatr Epidemiol 53: 341. Doi:10.1007/s00127-018-1492-3.

Luciano, M. C., & Hayes, S. C. (2001). Trastorno de evitación experiencil [The trauma of experiential avoidance]. International Journal of Clinical and Health Psychology, 1, 109-157.

Hayes, S. C., Wilson, K. W., Gifford, E. V., Follette, V. M., & Strosahl, K. (1996). Experiential avoidance and behavioral disorders: A functional dimensional approach to diagnosis and treatment. Journal of Consulting and Clinical Psychology, 64(6), 1152-1168.

Hayes, S. c.; Strosahl, D. & Wilson, K. G. (2014). Terapia de Aceptación y Compromiso. Proceso y práctica del cambio consciente (Mindfulness). Bilbao. España: Desclée De Brouwer. ISBN: 978-84-330-2695-8